Memorias fragmentadas

«No me preguntes qué hice ayer o donde estuve esta mañana. No me preguntes detalles de mi vida ahora. ¿Tengo casa? ¿Con quién vivo? No sabría decirte. Sí puedo decirte quien soy. Todavía. Te puedo contar lo que fui, la vida que tuve la puedo volver a escribir. Muchas cosas están aferradas a la memoria, pero no sé hasta cuando. La vida que tengo ahora no es mía. La que tuve, sí».

«Recuerdo que fui bueno. Muy bueno. El mejor en lo que hacía. El maestro. El pasado viejo lo puedo narrar como si fuera ayer. Aunque esa expresión ya no la puedo usar porque lo que pasó ayer es un misterio».

«Podría pensarse que soy un viajero del tiempo. Todos los días soy un recién llegado. Cada amanecer es un nacimiento».

«La ciudad siempre es nueva. Seguramente he pasado miles de veces por esta calle que me parece hermosa, limpia, novedosa. No puedo decir si este árbol, esta tienda, este edificio estaba ayer aquí. En este constante presente cada cosa es maravillosa. No sé cómo funciona, no sé quien la puso ahí. No me enseñen a manejarla o conocerla, porque mañana volverá a ser una novedad para mí».

«La única tecnología que puedo manejar son los libros y los periódicos. Aún puedo leer, aún puedo confeccionar las frases, entender lo que dicen, comprender lo que expresan, pero no sé de quién hablan. Mi intuición me dice que éste debe ser el presidente, éste el alcalde. A lo mejor voté por ellos. No sé. Ojalá que no, porque parece que nadie los quiere».

«La otra tecnología que aún me responde es esta máquina de escribir. Alguien le puso cinta nueva y aquí veo una resma casi completa de hojas en blanco. Aquí al lado hay unas hojas ya escritas. Seguramente las escribí yo ayer».

«Sólo puedo recordar… que no puedo recordar».


Estos son apuntes de lo que podría ser una novela escrita por alguien a quien los años le han quitado a pedazos la memoria. Alguien que vive un tiempo distinto, una realidad defectuosa, que tiene que preguntar porque no encuentra en su archivo mental el por qué ni el cómo de cada cosa.

Esa persona existe. Seguramente es alguien muy querido tuyo. Muy posiblemente lo seré yo dentro de unos ¿años? ¿meses? La lotería genética puede pasarnos la cuenta.

Por eso es buena idea dejar huellas. Como dice la expresión popular: escribir un libro, plantar un árbol, tener un hijo. Dejar buenas memorias en los demás, aunque la nuestra nos falle.

Pero no quiero escribir sobre mí sino sobre esos seres queridos a quienes la memoria se les fragmenta cada día para dejar algunas sugerencias que no tienen ningún sustento científico sino que me parecen intuitivas e ingenuas.

  • 1 – No lo presiones con preguntas. Mas bien que tu conversación sea siempre de respuestas. No le atormentes con «¿Quién es el presidente de Colombia?». (A propósito, una pregunta que casi nadie puede responder hoy, pero eso es otro tema…) No le insistas en indagatorias como «¿Cómo se llaman tus nietos?». Podrás ver su cara de angustia cuando no sabe la respuesta. ¿Para qué torturarlo?
  • 2 – Mejor tener elementos de conversación en donde se repasen las cosas sin presión. Álbumes de fotografías impresas (no lo fastidies con tablets y celulares). Crea libros de fotos que se puedan manipular infinitamente sin tener que aprender habilidades complejas o sufrir porque se descarga la batería. Actualízalos todo el tiempo y conversa informalmente acerca de quiénes están allí, en dónde estaban. Pero deja de hacerle quizes de memoria.
  • 3 – Crea rutinas de juegos de habilidad inmediata (que no requieran conocimientos o recuerdos de cultura general). Los naipes, el parqués, el rummy-Q y el dominó son una maravilla. Ten paciencia si hay que recordar algunas reglas cada vez. Los libros de mandalas, los rompecabezas, las sopas de letras, los sudokus, los crucigramas, las adivinanzas, los chistes, nos pueden poner a todos a ejercitar las maltrechas neuronas.
  • 4 – Recorre la ciudad con historias y conversaciones triviales. Sin ninguna razón especial hagamos que cada recorrido sea un descubrimiento para nosotros al igual que es para ellos. Señalemos, leamos avisos, miremos la ciudad como si fuéramos turistas y maravillémonos en compañía.
  • 5 – Selecciona programas de televisión que sean muy entretenidos y de inmediato goce. Los «stand-up» funcionan muy bien, las comedias de situaciones físicas, los sitcoms en los que no hay que reconstruir la historia del personaje para entender el chiste, sirven. Los documentales de naturaleza son maravillosos. Los noticieros… no gracias.
  • 6 – No pongas la TV porque sí, para rellenar el tiempo y el espacio. Haz el plan de ver un programa deliberadamente. Maíz pira y helado. Tengamos el mismo criterio que tenemos con los niños sobre las pantallas. (Si para los niños es un elemento que los entumece, ¿por qué le vamos a hacer lo mismo a un adulto mayor?) Se ve un programa, se disfruta, se comenta. Se apaga. En cambio la música sí es acompañante. Los boleros no se olvidan. (Está demostrado por ahí, que las canciones son las últimas que se apagan en la memoria).
  • 6 – El periódico impreso y las revistas son esenciales. Lecturas cortas con un contenido que se absorbe y entiende en un periodo de tiempo corto. (Desafortunadamente las novelas largas se vuelven una tortura al no poder recordar lo leído en la sesión anterior). Comics, perfecto. Historias cortas. Pongamos al adulto mayor a leerle al niño pequeño. Los libros infantiles son ideales. Y la actividad enriquece a los dos. (Cabe aquí la cuña: lean juntos la revista CUCÚ. www.revistacucu.com )
  • 7 – Rescatemos los hobbies: la cocina, la cerámica, la floristería, la filatelia, la pintura, la costura, la fotografía, la poesía, las caminatas, las tertulias… Inventémonos nuevos. La idea de la máquina de escribir puede ser: rescatemos alguna.
  • 8 – No diré que hay que tener mucha paciencia y tolerancia. Ellos no necesitan que se «les tolere». Necesitan que se les quiera. Suena a cliché, pero ponte no en sus zapatos, sino en sus neuronas. No lo disminuyas con una ayuda excesiva y sobreprotectora. Protégelo, sí. Defiéndelo, sí. Pero no lo subestimes.

Vayan a cine, a ballet, a teatro, a museos, a festivales, a conciertos, a restaurantes, a todo lo que se les ocurra. Puede que mañana no se acuerde que estuvo allí y pienses que «se pierde» la boleta. Pero el momento fue mágico. Que los planes no sean solamente ir a los médicos.

Aprendamos a vivir el presente. No importa que no quede registrado en los gigas de memoria de nuestros aparatos ni en «la nube».

Pensemos que en nuestro cráneo hay un aparato frágil, defectuoso, a veces traicionero, que jamás comprenderemos cómo funciona (no somos Llinás) pero que es capaz de seguir amando y percibiendo el amor de los demás. Aunque no nos acordemos de sus nombres.

Guillermo Ramirez

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